Tomás Lipán recorre el mundo llevando consigo la memoria viva de su tierra jujeña. Entre escenarios urbanos y paisajes ancestrales, su figura se construye como la de un trovador que habita dos mundos: el del viaje y el del origen. La película propone un encuentro íntimo y atemporal entre Lipán y un diablo del carnaval, una presencia simbólica que abre un diálogo profundo sobre la vida. A través de canciones y relatos, emergen recuerdos de infancia y reflexiones sobre el amor, la muerte, la amistad y la fuerza ritual del carnaval. Filmada entre la Quebrada, la Puna, pueblos y escenarios, la obra entrelaza música e imagen en una experiencia sensorial única.